Con miedo pero sin dudas: El gigante y el rey


CUENTO: El gigante y el rey


Un terrible gigante amenaza a un pueblo, y cada que los guerreros retroceden del temor, el gigante crece un poco más. Hasta que lo enfrenta el mismísimo rey.

Fuente: Cuento oído de una narradora tradicional en la isla de Chipre. Existen diversas versiones alrededor del mundo.


RESUMEN DEL EPISODIO


El miedo en sí no es malo. Lo que sí es malo es dejar que el miedo tome decisiones por ti. Por eso cada que tengas un miedo que te esté impidiendo algo, tienes que preguntarte: si no enfrento este miedo, ¿qué pasa? ¿Qué pierdo? ¿Cómo sería ese futuro si no hago nada? ¿Quién sería yo si no hago nada?

Si miras hacia dónde te está conduciendo el Camino en el que estás ahora, y la idea de ese futuro te llena de más horror que la idea de encarar el miedo, quedarte donde estás no es una opción.

Si ya SABES lo que tienes que hacer, toma un paso. Puede ser un paso pequeño, como escribir la carta de renuncia a un trabajo que detestas, así no la envíes todavía. La valentía se cultiva y se elige, un paso a la vez. Y con cada paso que des, el miedo se hace más pequeño.

Las cosas más valiosas suelen encontrarse al otro lado del miedo.


OTRAS FUENTES


El remordimiento – Jorge Luis Borges – Ciudad Seva – Luis López Nieves


TRANSCRIPCIÓN COMPLETA


¿Se puede ser valiente si se tiene miedo?

Cuando pasaba por la isla de Chipre, en el Mediterráneo, me contaron una historia.

Sucedió hace mucho tiempo, luego de los dioses griegos, pero antes de la llegada de Inglaterra. Había en aquel entonces un rey, quien vivía junto con su pueblo en una fortaleza en la cima de una montaña, rodeada por una gran muralla para resguardarse de los enemigos. Sin embargo, la puerta de aquella muralla mantenía siempre abierta, porque ya no había enemigos. La tierra estaba en paz.

Hasta que llegó el gigante. Al rey lo despertaron los gritos, y vio desde la ventana cómo los campesinos venían corriendo hacia la fortaleza, gritando, huyendo de algo que los venía persiguiendo. Y empezó a sentir cómo temblaba la montaña, la isla entera, con los pasos. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

El rey inmediatamente ordenó a los soldados que salieran y que cerraran la puerta. Y ya, estaban todos a salvo. Pero no estarían a salvo por mucho tiempo, porque si el gigante se quedaba allí, no podrían entrar ni salir. Estarían atrapados.

Así que el rey envió a su guerrero más valiente. Pero cuando el guerrero salió de la fortaleza y vio a aquel gigante, es que era enorme. Era peor que cualquiera de los enemigos que había derrotado antes. Y al guerrero le temblaron las piernas y tomó un paso hacia atrás. No quiso hacerlo, solo sucedió ¡Pum! Y al tomar ese paso hacia atrás, el gigante tomó un paso hacia adelante y creció incluso más. ¡No, no, no, no! El guerrero corrió hacia la fortaleza nuevamente. Se cerró la puerta de la muralla. Estaba a salvo.

Así que el rey envió al ejército entero. Porque claro, por más grande que fuera este gigante, no podría contra todos. Pero cuando los soldados salieron de la puerta de aquella fortaleza, vieron que el gigante ya había crecido tanto que su cabeza casi que rozaba las nubes. Y comenzaron a temblar y tomaron un paso hacia atrás. Y el gigante tomó un paso hacia adelante y creció incluso más. ¡No, no, no, no! Salieron corriendo todos los soldados, entraron otra vez a la fortaleza. ¡Pum! Cerraron la puerta y estaban a salvo.

Así que el rey le tocó descubrir, por las malas, que cuando uno quiere que un trabajo se haga bien, hay que hacerlo uno mismo.

Así que el mismísimo rey se puso la armadura y tomó su espada y salió solo porque nadie más quería ir con él a enfrentar al gigante. Y sin embargo, cuando salió, el gigante ya estaba tan, tan grande que ni se le veía el rostro, tan lejos que estaba. Era más grande que la mismísima montaña donde estaba ubicada la fortaleza.

Y el rey tan pronto lo vio, supo que no sería capaz de derrotar al gigante. Ni él, ni todo su ejército, ni todo su pueblo, ni todas las personas de la isla entera, podrían derrotar a este gigante. Era demasiado grande.

Y el rey era un gran guerrero, sí, pero a los guerreros también les da miedo. Y al rey le temblaron las piernas y sin quererlo, tomó un paso hacia atrás. El gigante tomó un paso hacia adelante, creció incluso más.

No, no, no, no, no, no. El rey se dio la vuelta, empezó a correr, pero justo cuando llegó a la puerta de la fortaleza se detuvo. Se detuvo porque el rey sabía que si cruzaba esa puerta y la cerraba, esa puerta permanecería cerrada porque ya no había más quien enfrentar al gigante. Estaría a salvo ahora, pero poco a poco su pueblo moriría de hambre. El rey también sabía que no podía derrotar al gigante. Pero el rey también era un hombre valiente y sabía que si no hacía tan siquiera el intento, no valdría la pena seguir viviendo.

Así que armándose de valor, con el rostro pálido y las piernas temblando, el rey se dio la vuelta, empuñó la espada y con un grito tomó un paso hacia el gigante. El gigante tomó un paso hacia atrás y se puso un poquito más pequeño. El rey volvió a tomar otro paso hacia adelante y el gigante volvió a retroceder otro paso hacia atrás y se volvió más pequeño.

¡Ah, con que así es que funciona la cosa! Y el rey arrancó a correr a perseguir ese gigante por toda la montaña. Lo persiguió cuesta abajo, lo persiguió a través de los campos, lo persiguió cruzando quebradas, lo persiguió por toda la playa hasta llegar al mar. Y cuando llegaron a la orilla del mar, el gigante ya era tan chiquitito, chiquitito que el rey lo pudo recoger en la mano.

¿Quién eres? Dijo el rey, mirando al gigante. Y el gigante chiquitito, chiquitito miró al rey y le gritó para que lo pudiera escuchar. ¡Soy el miedo! ¡No me mates! ¡Tú me necesitas! ¡Yo puedo protegerte!

¡Ah, sí! Dijo el rey. Pero serás mi siervo. No me amo. De aquí en adelante tú me obedeces a mí.

Y el rey se guardó el gigante en el bolsito y se devolvió caminando, cruzando los campos y subiendo la montaña hasta llegar a la fortaleza donde dejó la puerta abierta para que su pueblo pudiera entrar y salir.

El miedo en sí no es malo. Lo que sí es malo es dejar que el miedo tome decisiones por ti.

Por eso, cada que tengas un miedo que te esté impidiendo algo, tienes que preguntarte, si no enfrento este miedo, ¿qué pasa? ¿Qué pierdo? ¿Cómo sería ese futuro si no hago nada? ¿Quién sería yo si no hago nada?

En algunos casos no hay problema. Dejar ese miedo ahí quieto no te afecta, no te hace daño, y por lo tanto no tienes que hacer absolutamente nada al respecto. No todos los miedos hay que enfrentarlos. Y eso no te hace cobarde, ¿oyó? Esto lo explicaré más en mi episodio, ¿Vale la pena enfrentar los miedos? No siempre.

Sin embargo, hay demasiados casos en donde el precio de quedarte donde estás es demasiado más alto que lanzarte al miedo. Claro, uno puede escoger no hacer nada, quedarse ahí en la zona de confort, pero le va a salir caro, porque así no sea de inmediato, las consecuencias son nefastas.

El rey se pudo haber salvado. El rey pudo haber corrido de regreso a la fortaleza, se hubiese podido esconder en el palacio y dejar cerrada la puerta. Pero es que uno nunca se salva. Entre más uno le dé la espalda a las cosas, más crecen. Siguen ahí, no se van. Si el rey dejaba al gigante ahí y no hacía nada, tarde que temprano el rey iba a morir de todas formas, junto con todo su pueblo. E iban a morir de la forma más lenta y desastrosa, de hambre, uno por uno, a lo largo de meses, incluso años, encerrados, seguramente llegando hasta el canibalismo. Un tormento cada día, sufriendo un poco más, consumiéndose desde adentro. Esa alternativa es peor.

Les doy un ejemplo muy común, ya más de la vida real. Me ha tocado ver tantísima gente que está metida en un trabajo que detesta. Ese trabajo la tiene enferma, estresada, todos los días se levanta con pereza, termina cansada, aburrida, enojada, día tras día, año tras año, desperdiciando sus talentos y su tiempo, sintiendo que cada día se le está desmoronando otro pedacito del alma, hasta que ya no quede nada.

Y sabe, esa persona sabe que tiene que renunciar y cambiar el rumbo de su vida, irse de mochilero, dedicarse al arte, yo qué sé, pero tiene miedo. Y es totalmente entendible que tenga miedo, porque, pues, es que hay que pagar deudas, es que la economía, es que qué dirá la familia, es que no sé qué. Renunciar a ese trabajo, por tóxico que sea, implicaría lanzarse a la incertidumbre. Y dar ese paso es como pelear con un gigante. Lo fácil es quedarse ahí, dejarse llevar por la corriente, agachar la cabeza y aguantar. ¿Pero a qué precio?

Hay un poema de Jorge Luis Borges que se llama El Remordimiento. En mi página web encontrarán el enlace al poema completo, pero escuchen esto. El poema empieza con

He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz.

Y sigue.

Mis padres me engendraron para el juego arriesgado y hermoso de la vida. Para la tierra, el agua, el aire, el fuego.

Los defraudé. No fui feliz. Me legaron valor.

No fui valiente. Siempre está a mi lado la sombra de haber sido un desdichado.

Guau, eso sí que me daría pánico a mí. No estoy dispuesta a pagar ese precio, así que no me queda otra opción que vivir con valor. Si miras hacia dónde te está llevando el camino en el que estás ahora y la idea de ese futuro te llena de más horror que la idea de encarar el miedo, toca, toca. Es que toca enfrentarlo y toca ya, porque entre más lo dejas, más crece.

Así que avanza con miedo, pero sin dudas, porque ya hiciste los cálculos y sabes que este es el camino que tienes que tomar, porque quedarte donde estás no es una opción.

Mira, no te voy a mentir. Es posible que las cosas salgan mal. Por eso tienes miedo, porque sabes lo que puede pasar si te arriesgas. Pero recuerda lo que va a pasar si no te arriesgas, si no haces nada.

No te estoy diciendo que te lances ya mismo a “¡renuncio, me voy, lo dejo todo y me vuelvo hippie, hijuemadre!” En algunos casos puede que eso sea lo mejor para ti, pero no necesariamente tienes que hacer algo tan radical. Lo que te estoy diciendo es que si ya sabes lo que tienes que hacer, toma un paso.

Si lo que tu alma te pide a gritos es salirte de ese ambiente tóxico en el que estás e irte a recorrer el mundo, por ejemplo, toma el paso de investigar los lugares con los que sueñas conocer. Toma el paso de apuntar a dónde quieres ir. Toma el paso de contarle tu idea a alguien que te apoya.

Toma el paso de escribir tu carta de renuncia. No tienes que enviarla, no todavía, pero escríbela. Toma un paso y luego otro, porque así se enfrenta a los gigantes.

Y las cosas más valiosas casi siempre están al otro lado del miedo.

Nos vemos allá.